Paula Frassinetti, Una Mujer

  • Paula Frassinetti (es)
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  • 1. Dios escogió
     

    Dios escogió

    a una mujer débil a los ojos del mundo,

    y le comunicó su fuerza.

     

    Dios escogió

    a una mujer de poco valor ante el mundo,

    de una familia modesta,

    para realizar sus designios.

     

    Dios escogió

    A una mujer sencilla a los ojos del mundo,

    a una joven sin cultura,

    para confundir la presunción

    del siglo de las luces

    y suscitar en la Iglesia

    un fermento nuevo

    que presentase a la juventud

    los valores pedagógicos del Evangelio.

     

    Dios escogió 

    PAULA FRASSINETTI

    FUNDADORA DA CONGREGACIÓN

    DA LAS HERMANAS DESANTA DOROTEIA

     

    Su lema:

    VOLUNTAD DE DIOS, ERES MI PARAÍSO

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  • 2. Paula, un don de Dios
     

    PAULA nace en Génova, en 1809, en un barrio del centro llamado Borgo Lanaioli.

    Su padre, hombre “chapado a la antigua” y de una gran piedad, tenía un comercio de tejidos. La madre, mujer sencilla y dulce, la dejaría pronto huérfana.

    Creció y vivió en una época en la que el choque entre ideologías antiguas y nuevas era fuerte y violento.

    Las ideas de libertad, independencia y democracia, del resurgir nacionalista italiano auguraban un nuevo orden político.

    Los progresos de la tecnología impulsaban un nuevo sistema económico y social.

    Era un período de transición en el que, superados ya los viejos equilibrios, se buscaban otros nuevos... La tensión y la lucha eran inevitables.

    Paula no estuvo ajena a su tiempo, pero, a la revuelta violenta, que proclamaban muchos de sus contemporáneos para renovar la sociedad, ella prefirió la revolución del Evangelio, la del Amor.

    Supo detectar, en la promoción de la mujer, una urgencia de la época, y respondió a ella educando a las jóvenes para hacerse mujeres y cristianas.

    Su adolescencia transcurrió en casa, entre los quehaceres domésticos y alguna instrucción dada por su padre, que no quiso mandarla a la escuela.

    Aprendió muchas cosas, como ella misma contaba, escuchando las conversaciones de su padre y de sus cuatro hermanos, que más tarde serían sacerdotes.

    Sin embargo, lo que más le gustaba a ella era hablar con el hermano mayor, José, que enseñaba a su hermana cuanto aprendía en los libros de teología y en su trato con la gente.

    En aquellos encuentros, algo de común iba madurando en ellos.

    El Señor haría de José y de Paula dos grandes apóstoles.

    La influencia de la familia sobre la futura elección de Paula fue decisiva.

    Las obras de Dios no se improvisan. Son fruto de una lenta maduración que generalmente comienza y se desarrolla en el ámbito familiar.

    Las relaciones que allí se establecen, el clima que se respira son fundamentales en el desarrollo de la persona. Para Paula, la familia será siempre la primera y esencial comunidad educativa.

    Más tarde, confiará a la propia familia religiosa la tarea de “reanimar en los padres cristianos el interés por la educación moral y religiosa de sus hijos…”.

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  • 3. En la Parroquia
     

    Su hermano José fue ordenado sacerdote en 1827, a los 22 años. Paula tenía entonces 18.

    Don José, nombrado párroco de Quinto, alegre pueblecito de la costa ligur, no se desanimó ante la degradación moral y religiosa de aquella gente y pensó que su hermana podía servirle de valiosa ayuda.
    El padre

    onsintió a disgusto, pensando sólo en la frágil salud de Paula que, sin duda, se beneficiaría de aquel cambio de aires.

    Dios, Señor de la Historia, la conducía hacia horizontes mucho más amplios…

    En la vida de la Parroquia, Paula experimentó por primera vez la alegría de darse a todos… de vivir en grupo… de tener contactos más amplios y diferentes de los de la familia. Y el corazón de Paula se ensanchaba.

    Se hacía más clara e insistente la invitación del Señor, que la quería toda para sí, a fin de enviarla, portadora de su Amor, a la gente de su tiempo.

    Juntamente con el hermano abrió una escuelita para niñas pobres. Allí Paula reveló todas las cualidades de una buena educadora: dedicación, sagacidad, intuición, paciencia, tacto, bondad, inteligencia y gran corazón, suavidad y firmeza.

    De una manera sencilla y cordial, suscitaba confidencias, establecía amistad, ayudaba a aquellas niñas a ser mejores.

    Les enseñaba a rezar además de escribir, les hablaba de Jesús a quien ella ya tanto conocía y amaba.

    Así se iban manifestando los dones que Dios había depositado en ella y que ella sabrá asimismo entregar a los demás y a toda la Iglesia.

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  • 4. Las amigas
     

    Las jóvenes del pueblo deseaban en verdad encontrarse con la hermana del Párroco. Una de ellas, Mariana Danero,

    logró su intento, y ambas se pusieron de acuerdo para encontrarse todos los domingos y dar un paseo por el cercano Monte Moro.

    Entre Mariana y Paula se inició así una amistad que duraría toda la vida.

    Pasaron muchos domingos gozando juntas de la naturaleza y hablando de su vida y de Dios…

    Bien pronto otras jóvenes se les unieron en sus paseos dominicales.

    Entre un paseo y una canción, en medio de olivos y cipreses, con la mirada perdida en la inmensidad del horizonte. Paula transmitía al corazón de sus amigas el ideal que llevaba dentro de sí. Juntas reflexionaban, charlaban, hacían proyectos…

    El estar juntas, las conversaciones al aire libre y a la sombra de los árboles habían puesto en el corazón de cada una el mismo deseo: ser del Señor, conocer a Cristo, para continuar su misión en el mundo.

    Dedicándose a la infancia, a la juventud, a las mujeres del mañana, querían contribuir a que la humanidad fuese mejor.

     

     

     

    Una intuición

     

    Paula creía en la posibilidad de la mujer de contribuir a la transformación de la sociedad, sea por el influjo de su acción directa, sea por el peso que tiene en la vida del hombre y de las futuras generaciones.

    En aquel final del siglo XIX, la situación de la mujer había cambiado, en parte, respecto del siglo anterior: gozaba de mayor libertad de movimientos y de acción, pero esta conquista podía resultar en su contra si permanecía en la situación de retraso cultural y religioso en que se encontraba.

    Era necesario, pues, darle una preparación humana y cristiana que le permitiera insertarse, con sentido crítico, en su tiempo, y la hiciese capaz de asumir nuevas tareas.

    ¿Cómo realizar este proyecto común?

    Paula y sus amigas no tenían la dote requerida para entrar en los monasterios que entonces había.

    Y por otra parte, deseaban una vida distinta.

    No querían vivir aisladas en una celda, sino compartir, en pobreza evangélica y amistad, la sencilla vida de cada día: el trabajo para su sustento, la propia formación, el anuncio del Evangelio y… la oración.

    No querían huir del mundo, sino vivir dentro de él, para asumir sus alegrías, sus temores, sus ansias y construir en él el Reino de Dios.

    Querían constituir un grupo en el que pudiesen llevar - como cuentan antiguos recuerdos - “vida apostólica de un modo conveniente a la mujer”.

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  • 5. Los primeros pasos
     

    Paula habla de este deseo a su hermano José, quien se alegró muchísimo al ver cómo el Señor la invitaba a una magnífica aventura, pero sin ocultarle las inevitables y quizá grandes dificultades con las que tenía que enfrentarse.

    Pero nada de esto atemorizaba a Paula.

    Más tarde escribirá que “gastarse y sufrir por amor a Dios lleva consigo grandes consuelos, conforta y fortalece el espíritu”.

    Ambos se aconsejaron con amigos, que compartieron y apoyaron plenamente el proyecto.

    Bajo la dirección del hermano. Paula y las compañeras iniciaron un período de preparación para lo que sería su vida futura juntas.

    Ninguno se imaginaba el desenvolvimiento que llegaría a tener aquella idea nacida en la juventud.

     

    Caminar juntas 

    En el pueblecito, sin embargo, algunas actitudes de aquellas jóvenes causaban extrañeza.

    Las malas lenguas empezaron a hacer comentarios…

    Algunas jóvenes se retiraron…

    Con todas estas cosas, a Don José le pareció imposible continuar y trató de convencer a su hermana de que desistiese del proyecto.

    Pero Paula no temía las dificultades: se sentía segura porque ella vivía apoyada sólo en el Señor.

    Veía con claridad que aquella era la voluntad de Dios y se sentía capaz de seguir, incluso sin la ayuda del hermano, si las compañeras estaban de acuerdo.

    Paula había comprendido el valor de caminar juntas, la fuerza de un grupo unido en torno a un ideal común.

    Se daba cuenta de que el don recibido no era sólo suyo. Juntas habían sido llamadas, juntas habían empezado, juntas habían decido continuar.

    Dependía de lo que el Espíritu hubiera sugerido a cada una. Consideraron el asunto a la luz del Evangelio… rezaron… y, de común acuerdo, decidieron proseguir el camino iniciado.

    Don José, viendo la firmeza de su hermana, volvió a ayudarla.

    En medio de estas vicisitudes alternativas, el pequeño grupo se había fortalecido y estaba dispuesto a iniciar la misión que Dios les confiaba.

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  • 6. Un día luminoso
     

    Una mañana temprano, al despuntar el día, cuando todo era silencio todavía y la naturaleza empezaba a llenarse de luz.

    Paula y sus amigas salieron con Don José en dirección a la iglesia de Santa Clara, en San Martín de Albaro.

    Allí en tomo a la Eucaristía que renueva el ofrecimiento de Jesús para la salvación del mundo, aquellas jóvenes con sus 20 años, se comprometían a entregar su vida para ayudar más y mejor a las personas de su tiempo a descubrir y creer en el Amor de Dios.

    La fe invencible y operativa sería su fuerza.

    Por eso se llamarían: Hÿas de la Santa Fe.

    Era el 12 de Agosto de 1834, un día luminoso que pudo más que la fuerza desintegradora del tiempo.

    Comenzaba así la Historia de un grupo de jóvenes a quienes la pasión por el Reino impulsaba a entregarse al servicio de los demás para ayudarles a salir de la situación de inferioridad y de explotación en que se encontraban.

    Mientras las jóvenes de buenas familias tenían alguna posibilidad de instruirse, la gente del pueblo crecía ignorante y analfabeta, fácil presa de la corrupción.

    Era urgente pensar en ella.

    Alquilaron, pues, una casita, con la ayuda de amigos, e inmediatamente  abrieron una escuela para niñas pobres, en donde acogieron a algunas huérfanas. Pero el sitio no era suficiente para albergarlas a todas.

    La vida en la casita de Quinto transcurría intensamente: oración, trabajo, para ganarse la vida, tejían en algodón y con frecuencia las sorprendía la noche todavía en la brecha…

    Muchas no soportaron aquel ritmo de trabajo y la austeridad de aquella vida. Pero si algunas se retiraban, otras se incorporaban.

    Jóvenes que, después de haber sido alumnas, decidían entregarse al Señor para compartir la misión de sus educadoras.

    De las compañeras de la primera hora permanecieron fieles hasta el fin sólo Mariana Danero y Teresa Albino.

    El grupo crecía en número pero también el campo de acción se iba ampliando.

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  • 7. Hermanas de Santa Dorotea
     

    En el año 1835 pasó por Quinto un sacerdote amigo de Don José, Don Lucas Passi, quien, al encontrarse con Paula, comprendió enseguida el valor de aquella joven y del grupo que ella había iniciado.

    Así, le propuso asumir la obra que él estaba difundiendo por toda Italia y que tenía por objetivo formar a jóvenes pobres y necesitadas.

    Teniendo como centro propulsor la parroquia y con la ayuda de jóvenes con una mayor sensibilidad y formación. Don Lucas se proponía reunir a las niñas en su habitual ambiente de vida, de trabajo por las calles y caminos y, estableciendo con ellas un lazo de amistad, ayudarlas a crecer como personas y como cristianas.

    Paula captó la originalidad y la validez de la iniciativa.

    En la sencillez del método encontraba su línea educativa.

    Compartía la centralidad de la parroquia, su organización sólida y equilibrada, y en la colaboración de otras jóvenes, que debían ser formadas, veía un excelente medio para llegar hasta aquellas que, de otra manera, se quedaban como aisladas.

    Aceptó las propuestas de Don Lucas y, de acuerdo con sus compañeras, cambió el nombre del grupo por el de Hermanas de Santa Dorotea, según el nombre de la obra que habían hecho suya.

    Fue un momento importante para la vida del grupo, porque, con tal elección.

    Paula definió con mayor claridad la dimensión apostólica de su consagración y consolidó su primera inspiración: estar totalmente disponibles en las manos de Dios, para evangelizar a través de la educación, dando preferencia a los jóvenes y a los más pobres.

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  • 8. Nuevos horizontes
     

    Fue también un amigo. Don Luis Sturla quien ofreció a Paula otro campo de misión.

    Le propuso tomar la dirección de una escuela para niñas pobres, que él había abierto en Génova en el barrio de San Teodoro…

    ¿Cómo decir que no?

    Reunida con sus compañeras, determinaron que irían Mariana Danero y Teresa Albino…

    Era el año 1835.

    Las primeras compañeras de Paula se separaban de la célula madre para formar otra nueva. Se iniciaba un proceso que, a través del tiempo, llevaría el don de Paula a varios continentes…

    Entre diversos acontecimientos, las circunstancias - en las que Paula acostumbraba a leer una señal de la voluntad de Dios - le ofrecieron la oportunidad de abrir una casa en Roma.

    Era el año 1841.

    Fue doloroso separarse de su tierra, dejar al padre, a las compañeras, a los hermanos, a los amigos…

    Por su innata timidez, tembló ante la incógnita del futuro… ¡Pero Dios la quería en Roma. El ansia apostólica era más fuerte que todo temor humano.

    La empujaban la pasión por la gloria de Dios y la construcción de su Reino. El amor a la Iglesia y el deseo de recibir del Santo Padre el mandato para el servicio del grupo naciente, le hicieron superar todas las dificultades.

    Totalmente abandonada en Dios, fortalecida por la confianza en El y por su grande amor, partió, a los 32 años, con dos compañeras mucho más jóvenes que ella.

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  • 9. En Roma
     

    En Roma, Paula y sus compañeras gustaron los rigores de la pobreza y de la estrechez.

    Alojadas en dos angostos cuartuchos sobre los establos Torlonia, en el Callejón de los Santos Apóstoles, experimentaron algo de la vida dura de los más pobres de la urbe católica.

    Esto no impidió a Paula entregarse enseguida a hacer el bien, que veía “inmenso y urgente”.

    Estableció la obra de Santa Dorotea en siete parroquias: Santa María Mayor, Santiago en Augusta, San Bernardo, Santa María sobre Minerva, Santa Lucía del Gonfalone, Santo Ángel en Pesquería y San Marcos.

    Con las compañeras, enseñaba el catecismo y daba un poco de escuela en aquella pequeña casa.

    La Roma del ochocientos mostraba, frente al esplendor de sus iglesias y monumentos, las casuchas húmedas y tristes de los miserables barrios populares.

    A la aristocracia culta y acomodada se contraponían la pobreza y la ignorancia de la masa popular.

    Tras la aparente seguridad y prestigio de los ambientes refinados, se escondían con frecuencia dolorosas miserias morales y espirituales.

    Paula, siempre atenta al mayor servicio a los hombres, confirmando su preferencia por las niñas pobres, a las que definía como “pura imagen de Dios, sin marco”, comprendió la necesidad de formar también a las jóvenes de otra posición social.

    En una época en que las diferencias de clases caracterizaban a toda la sociedad, trató de acercar de un modo informal a las niñas, para que se aportasen ayuda mutua.

    En una casa más amplia que había cerca de Santa María  Mayor, abrió allí un internado.

    Más tarde se trasladó a la Salita de S. Onofre, donde el Papa Gregorio XVI le había encargado que transformase en internado la casa de acogida que había allí.

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  • 10. Ardor apostólico y sufrimientos
     

    En su ardiente celo acogía todo ofrecimiento al que pudiera dar respuesta. Escuelas, colegios, orfanatos, catequesis, obra de santa Dorotea, ejercicios espirituales… eran los modos concretos con los que trataba de apoyar y completar la acción educativa y formativa de las familias.

    Fueron años de intenso trabajo hecho “de puntillas”, y de consuelos. Para un apóstol, anunciar a Jesús y su Evangelio es la mayor alegría.

    Recorría las calles de Roma, del Estado Pontificio, de la Liguria, y más tarde de Portugal, para animar y sostener a las hermanas y anunciar el amor de Cristo. Pero también fueron años de lucha y de sufrimiento, de dolor, de muerte…

    En el turbulento 1849, las hermanas de Génova fueron dispersadas, cerradas algunas casas del Estado Pontificio, amenazadas las de Roma y la vida misma de Paula…

    Los fanáticos decían que la iban a echar al Tíber... y ella contestaba con la gracia que la caracterizaba, que nunca había pensado que la última agua que iba a beber estaría tan sucia…

    Vivió y leyó los acontecimientos a la luz de la fe. En medio de las contradicciones del resurgir nacionalista, sufrió con Pío IX, acosado por todas partes, pero no negó su ayuda a los garibaldinos, que luchaban en el Gianícolo…  ¡Todo hombre es hijo de Dios!

    En 1866 el horizonte del mundo se abre ante los ojos de Paula. Audaz misionera, acepta el riesgo de enviar algunas hermanas a Brasil.

    Muchas se ofrecen en una verdadera competición de generosidad. El Nuevo Mundo tiene necesidad de obreros... “la mies es mucha pero los obreros pocos”. Paula responde con prontitud, pero experimenta toda la ansiedad de la madre que ve partir a sus hijas hacia una tierra tan lejana...

    Querría irse con ellas… pero se las confía a Dios: segura de que as llevara “sobre sus poderosos brazos”, como les diría después en una carta.
    Con el mismo ánimo ese año envía hermanas a Portugal, donde, por causa del régimen político, habían sido suprimidas todas las Congregaciones religiosas.

    Las hermanas se vistieron de seglar y trabajaron de incógnito.

    Las dificultades no hacían retroceder a Paula. Toda su vida estuvo entretejida de ellas, pero siempre prevaleció el amor: el amor a su Dios y al hombre: “Por amor de nuestro Amor todo debería ser poco”, escribía.

    Llega para Paula el momento de entrar en aquellos cielos nuevos y en aquella nueva tierra de los que, durante toda su vida, había tratado de construir y anticipar, ya aquí en la tierra…

    Era el 11 de junio de 1882. Terminaba para Paula la etapa terrena: pero el don que ella había recibido continúa desenvolviéndose, por el dinamismo del Espíritu que lo había suscitado, animado y, todavía hoy, lo sostiene y vivifica.

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  • 11. Paula continúa…
     

    El año 1910 fue un momento particularmente duro, aunque fecundo para el “después de Paula”.

    La ráfaga revolucionaria dispersa a las hermanas de Portugal. Obligadas a abandonar el país, entre sufrimientos y privaciones, transplantarán el don de Paula a otras naciones: España, Suiza, Estados Unidos, Bélgica, Inglaterra, Malta… que acogerán a las hermanas fugitivas.

     

    “Sí el grano de trigo
    no muere, no produce fruto”

     

    Hoy el “don de Paula” vive en el corazón y en el compromiso de más de un millar de Doroteas y en laicos que comparten su espiritualidad, además de Italia, España y Portugal, en Suiza, Inglaterra, Malta, Norteamérica, Brasil, Perú, Bolivia, Argentina, Angola, Mozambique, Isla de Santo Tomé, Taiwan, Albania, Azores, Camerún, Filipinas.

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